@ellibelaresc

Blasfemar1El pasado 30 de septiembre se celebró en muchos lugares del mundo la quinta edición del Día Internacional de la Blasfemia, un día dedicado a que las personas expresen sus críticas hacia las religiones establecidas. El día de la Blasfemia fue fundado el 30 de septiembre de 2009 por el Center for Inquiry para coincidir con el aniversario de la publicación de las caricaturas que se burlaban del profeta Mahoma en el periódico Jyllands-Posten, de Dinamarca. Los disturbios que se originaron causaron más de 130 muertos. Hay quien se ofende por un (supuesto) insulto a Dios, pero no le parece escandaloso matar a alguien en nombre de ese mismo Dios. Center for Inquiry es una organización ´dedicada a promover la ciencia, la razón, la libertad de investigación y los valores humanistas´.

´¿Qué es la blasfemia?´ Nadie sabe lo que es, a menos que tome en consideración el lugar donde se encuentre. Lo que es blasfemia en un país podría ser una exhortación religiosa en otro. La ofensa o no de los sentimientos religiosos depende más de quién se siente ofendido que del ofensor. En 2012 el académico de la lengua Francisco Rico escribió la siguiente reflexión: ´He sido siempre gran defensor de la blasfemia y lamento en el alma el declive que sufre en nuestros días. Desde un punto de vista cristiano, la blasfemia era una demostración de piedad, como la jaculatoria. Dios no podía considerarla sino un acto de fe viva, en ningún modo una ofensa: de un ser infinito solo cabe esperar una tolerancia infinita y una infinita inmunidad frente a las palabras menudas de un ser pasajero´. La Real Academia Española define la palabra blasfemia como ´palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos´. Esta connotación, sin embargo, se limita exclusivamente a la religión católica, sin incluir a la gran gama de religiones que existen alrededor del mundo.

De cuando era joven recuerdo haber visto cientos de veces en mi pueblo, debajo de los rótulos del nombre de las calles, la inscripción que acompaña a esta gacetilla. También, en los travesaños de las porterías del campo de fútbol, pintado en negro, ponía ´prohibido blasfemar´. Todo un detalle del nacionalcatolicismo. También recuerdo el decoro con que las mujeres tenían que ir a misa. Era una blasfemia si iban con el pelo suelto y la cabeza descubierta. ¡Blasfemia!

Hay países donde la democracia es vista como un atentado, una blasfemia, contra la religión. Hace unos días el Gobierno ha nombrado a la vicepresidente Soraya Sáenz de Santamaría algo así como guardiana de la bandera y de los símbolos nacionales. De nuevo las ofensas a la patria (eso que el Gobierno de Rajoy pretende regular en la Ley de Seguridad) entran dentro de la categoría de blasfemia y, de nuevo, el que se pica es porque quiere. Porque España, ese controvertido, heterogéneo y dudoso ente abstracto, no puede ofenderse. Sólo se ofenden las personas, no los entes abstractos, y Dios es un caso.

Si quieres identificar a un fanático, basta con que te fijes en si ese individuo se erige en portavoz de entidades superiores (Dios, Pueblo-Patria, Amo…). Ponte en guardia contra ese sujeto que alarga el dedo acusador y grita: ´Eso ofende a Dios, eso ofende al Pueblo o eso ofende al Rey´. En puridad habría que preguntar a Dios, a la Patria o al Rey si se han ofendido y nunca dejar en manos de aquellos que son más papistas que el Papa la potestad para decidir sobre qué es y qué no es blasfemia. Lo cierto es que en la actualidad las blasfemias que oyes por la calle tienen poca calidad. Les falta imaginación. Porque para blasfemar como Dios manda hay que tener un nivel. Y lo digo sin ánimo de ofender.

Lo aberrante es que se castigue la blasfemia incluso con la muerte (Arabia Saudita, Pakistán. Afganistán). Castigar la blasfemia es propio de sociedades teocráticas, organizadas según las leyes de los dioses y no de los humanos. Nadie puede castigar un supuesto delito de difamación religiosa sin afectar directamente al corazón de la libertad. Pero inducir al respeto no significa obligación de respetar, como defender el derecho a la blasfemia no significa obligación de blasfemar. Los dioses y los libros sagrados, las religiones y los dogmas, como los personajes históricos y los mitos, las patrias y las banderas, no tienen derechos ni deberes como los tienen los ciudadanos individuales. No se puede atentar contra el honor de Buda o de Confucio, de Napoleón o de Garibaldi, de Jesucristo o de la Santísima Trinidad.

Los violentos que reclaman el honor mancillado de sus profetas o de sus libros o que incluso llegan a asesinar en su nombre ejercen un chantaje intolerable. El único límite a la libertad de expresión es la incitación a la violencia. No es el caso de las imágenes de Mahoma.

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En la gacetilla de mañana hablaremos de EDUCAR PARA LA GUERRA.

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