@ellibelaresc

Wert disfruta de su luna de miel parisina y los españolitos en edad escolar a sufrir los despropósitos del peor ministro de Educación de la democracia, del franquismo, de la República y de la Restauración.

Primero se cargaron el latín por lo militar. Ni los curas saben ya, ni falta que les hace,  qué significa ´Introibo ad altare Dei´, ni mucho menos el ´Suscipiat´ o el ´Orate, fratres´. El latín en los planes de estudio serios ayudaba a pensar, un peligro, ponía en orden la mente, peor aún, te ayudaba a entender mejor tu propio idioma, a expresarte en él con mayor corrección. Mucho riesgo para el poder, casi siempre en manos de inseguros desconfiados e indocumentados, sobre todo en el ministerio mal llamado de Educación, desde hace tantos años.

Luego devaluaron la enseñanza de la filosofía. Descartes, Kant, Feuerbach, Schopenhauer… al baúl de los recuerdos. Se empieza por Platón y se acaba con Marx y Engels y… claro, luego te salen listillos y cualquier pimpollo es capaz de montarte un Podemos apenas te descuidas.

Más tarde le llegó el turno a la música. Despreciaron su importancia y relegaron la enseñanza de esta disciplina robándole a los alumnos su derecho a disfrutarla y a mejorar su sensibilidad. A ser cultos, en definitiva.

Ahora le toca el turno a la Literatura. A partir de septiembre dos horas a la semana y vas que te matas. Además, no contarán para la nota de selectividad ni entrarán en las futuras reválidas que prevé la ley Wert. Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) la llaman. ¿Se puede tener más cara? ¿Se puede ser más desaprensivo? Arrancar de cuajo las humanidades de la enseñanza es privar a las generaciones que ahora crecen en nuestro país de un instrumento imprescindible para amueblar sus mentes y reforzar su sensibilidad. Es una verdadera pena constatar cómo la capacidad de expresión de muchos jóvenes es ya inversamente proporcional a la habilidad que poseen para escribir mensajes en sus teléfonos ´inteligentes´ a toda velocidad. Teléfonos que incluso les corrigen vergonzosas faltas de ortografía que son producto de una educación directamente denunciable. Lo único que leen son los mensajes del ´guasap´. ¿El Arcipreste de Hita? ¿El Cantar del Mío Cid? ¿El Lazarillo? ¿La Celestina? ¿Cervantes? A partir de este curso escolar, se acabó. Ni Galdós, ni Clarín, ni Valle Inclán, ni mucho menos García Márquez.

El acoso y derribo a la cultura y al conocimiento es tan escandaloso como el escaso nivel de protesta ciudadana ante tamaña fechoría. Saldremos muy tocados de los desmanes de Wert y sus antecesores al frente de Educación. Por eso es uno de los cambios fundamentales que hay que hacer apenas la gente decente recupere el poder. Será complicado evitar el daño en alguna generación, pero si algo debemos a quienes vienen detrás de nosotros es dejarles un panorama mejor que el que nosotros recibimos.

Les hemos dado nuestra lengua a más de quinientos millones de personas en todo el mundo y nosotros, quienes la parimos, somos los que peor la hablamos, los que menos recursos lingüísticos demostramos, los que usamos un vocabulario más pobre y escaso, los que nos expresamos con menos riqueza de léxico y de matices… Y para redondear la faena Wert nos añade una amarga píldora más a su nociva y vomitable herencia: una enseñanza devaluada de la literatura, a la que hay que sumar las tropelías cometidas antes con la historia de la filosofía, la música o el latín.

La literatura no es necesaria. Ni para la supervivencia ni para la convivencia, ni para la cría de vencejos viudos, ni para mejorar en esta vida, ni para conseguir un empleo que dure hasta diciembre. Tampoco sirve para circular por el carril bici ni para ingresar en una secta, ni para mandar un SMS ni escribir un tuit. Pero la literatura nos ayuda a ser libres, a perfeccionar nuestras fantasías, a saber discernir, a vivir con criterio, a ser críticos, a pensar con criterio, a no caer en las trampas que los gobiernos de turno nos quieren endosar. La literatura ´sirve´ para aprender a hacernos dueños de nuestras propias imaginaciones. Para distinguir entre las verdades mentirosas y las mentiras verdaderas. En este mundo de promesas virtuales conviene adiestrarse en la distinción entre las ficciones y la superstición.

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En la gacetilla de mañana hablaremos de LOS ESPAÑOLES NO LEEN EL QUIJOTE.

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