@ellibelaresc

Desgraciadamente lo vimos ayer. Ni los miles de firmas que el partido PACMA entregó en el Congreso exigiendo el fin de la barbarie, ni los cientos de personas del mundo de la cultura y del arte que se prestaban para ser una alternativa a este acto criminal, ni la presión de muchos miles de españoles que reniegan de esa ciudad vallisoletana de Tordesillas  mientras mantenga ese torneo sanguinario y repugnante, han conseguido que esa herencia de la España cristiana e inquisitorial que llaman tradición deje de celebrarse.

Ayer, como muchos pudimos ver con mucha vergüenza ajena, se volvió a celebrar esa tortura subvencionada y respaldada, explícita o implícitamente, por los dos grandes partidos mayoritarios, pese a la repulsa de medio planeta y de buena parte de todos los españoles. Rompesuelas se llamaba el toro condenado a muerte, y que fue cruelmente ejecutado en loor a la patrona de Tordesillas, en las fiestas que llaman de Nuestra Señora la Virgen de la Peña; previa tortura, acoso, linchamiento con lanzas que le atravesarán las vísceras y los órganos vitales, previo ataques de angustia de un animal aterrado, de sangre a borbotones, previa una larga, terrible e inhumana agonía. Imposible creer que haya personas que defiendan este cruento espectáculo. Y no solo que defiendan sino que participen y encima lo defiendan. Es la España que goza con la agonía ajena, la España negra, la insensible e inmisericorde, la España que llaman tradicional y conservadora, la España cateta, ignorante y bestial. La España que asusta, porque es la misma que mantiene a miles de muertos en las cunetas, la misma que alzó una inmensa cruz sobre los cadáveres de los que lucharon, en la guerra civil, por la democracia; es la misma que fusiló durante muchos años a los que pensaban diferente, la de Isabel la Católica, la del genocidio y el expolio de las Américas, la de las semanas santas y las procesiones, la que se cree muy santa, y es sádica, diabólica y brutal. La de Calle Mayor, de Bardem, y la de Doña Perfecta, de Galdós, y la misma de la Regenta de Clarín, y la de Los Santos Inocentes, de Delibes, y la de los esperpentos de Valle-Inclán.

Es la España torturadora, beata, cotilla, macabra y cruel. La que es incapaz del solaz sin sangre. La que va a misa los domingos y fiestas de guardar. La España inculta. La que es incapaz de reflexionar y pensar. Esa que tiene tanta fe, y a fuerza de tener fe no respeta la vida ni cree en nada que no sean clichés y absurdos.

Y mientras esta salvajada ha sido permitida ningún político ha movido un dedo por evitarlo, nunca lo han hecho, pese a que se trata, sobre todo, de un asunto político. Porque una sociedad que permite estas atrocidades es una sociedad anestesiada e insensibilizada que será presa fácil de la manipulación. La tortura animal forma parte del fascismo, de la extrema derecha, de la barbarie, de la percepción simplista, brutal y primitiva de la realidad. Y mientras ¿qué ha hecho Pedro Sánchez, jefe del alcalde de Tordesillas?  Ya lo hemos visto: nada. Prohibir este espectáculo sangriento y cruel les quitaría votos, y tal vez la alcaldía. No conviene, mejor mirar hacia otro lado y esperar a que amaine la tempestad.

 Por otra parte también resulta repulsivo, además de lógico y muy significativo, que los charlatanes con sotana que se autoatribuyen el monopolio de la moral en sus arengas absurdas e irracionales no levanten su voz contra tanta crueldad despiadada hacia los animales y hacia la vida. Todo un síntoma.

Y otra cosa: no solo protesto por el espectáculo sangriento  e impropio de hombres civilizados de este Toro de la Vega. También por todos los festejos callejeros y corridas de toros en donde se violentan y asesinan  animales.

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En la gacetilla de mañana hablaremos de ¡CAGONES!

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