@ellibelaresc

Me han  llegado a la memoria los primeros versos de la sonatina de Rubén Darío, a los que solo he cambiado infanta por princesa sin alterar el cómputo silábico: La infanta está triste ¿Qué tendrá la infanta? /Los suspiros se escapan de su boca de fresa/que ha perdido la risa, que ha perdido el color. Así se vio a Cristina Federica Victoria Antonia de Borbón y Grecia,  para simplificar, hermana del rey Felipe, el día 11, cuando los preliminares del juicio por el caso Nóos que, formalmente, empezará el 9 de febrero.

La cara de la hija del rey emérito era todo un poema. Como si en su fuero interno estuviera esperando, a pesar de su postura hierática y como ´ida´, que alguien se acercara a ella y le dijera que todo había sido un mal sueño, un lamentable error. Empezó el juicio con cara de 14 de abril y no movió un músculo de su cara durante las 13 horas que duró la sesión, como si ella ya no fuera aquella de otro tiempo, sino el muñeco de cera de museo de quien un día fue.

También me llegan a colación otros versos del episodio de don Melón y doña Endrina del Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita: ´¡Ay, Dios, cuán hermosa viene doña Endrina por la plaza!/¡Ay, qué talle, qué donaire, qué alto cuello de garza!/¡Qué cabellos, qué boquita, qué color, qué buenandanza!/Con saetas de amor hiere cuando los sus ojos alza´. Cierto, para Cristina esos eran sus días del éxito que conquista la sangre. Días que la veíamos radiante, elegante, perfectamente maquillada y con unos andares que denotaban esa autosuficiencia controlada  y elegancia real. O cuando se presentaba en el colegio de los niños y hacer ver que la realeza es, ante todo, familiaridad y dedicación. En cambio, en el día de los preliminares, esas ´saetas de amor que hieren cuando los sus ojos alza´ no las vimos posibles porque huían de cualquier contacto visual que pudiera delatar debilidad, miedo o arrepentimiento.

En el tribunal estaba sin maquillar, con ojeras incipientes, un desastre, aunque ella quisiera plasmar una dignidad equivocada. A pesar de estar con los 18 imputados del caso se la veía sola, o quería hacernos ver que estaba sola, sin la influencia del padre, de su hermano y de su cuñada, aunque los tres manipulen en la sombra. Estaba sola, porque sola se queda una persona cuando no quiere enterarse de lo que ocurre a su alrededor, aunque el ruido sea clamoroso;  y lo que ocurre es que en el mismo país donde le fueron concedidos privilegios de cuna a cambio de algo que no era tan difícil, ser ejemplar, ha caducado el tiempo de la impunidad. Lo que intuyo al ver su rostro hierático es que en todo este tiempo la mujer real del banquillo ha procurado no ver, no mirar, no oír la indignación de un pueblo que asiste estupefacto al relato de los negocios abusivos de su marido, y de otros que formaban parte de las élites económicas del país; pero lo que la distingue a ella es su condición de infanta, algo que no sabemos muy bien en qué consiste, y cuando alguien ocupa un puesto laboral tan prescindible lo mínimo que puede hacer es portarse adecuadamente.

¿Qué quería demostrar Cristina con esa actitud impasible y amarga en la sala? ¿Cómo fue posible aguantar unas 13 horas? Sea imputada o no sabe que su figura quedará estigmatizada para la historia. Tal vez los libros, cuando todo esto sea historia no reciente, nos hablen de ella como la heroína romántica, como la mujer  que se ha condenado por amor y que está dispuesta a soportar la humillación con tal de defender lo indefendible: la inocencia suya y la de su marido. Diga lo que diga la justicia creo que le da igual a la mayoría de los ciudadanos, porque somos muchos los que creemos que en este caso la ley no va a ser la misma para todos.

Y termino: no sé si a Cristina de Borbón la educaron para que creyera que a quien ha nacido infanta nadie puede arrebatarle el título, pero ya va siendo hora de que alguien, tal vez su madre, le explique que está equivocada.

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En la gacetilla de mañana hablaremos de VIVIR COMO UN REY.

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