@ellibelaresc

En los últimos días hemos asistido al lamentable espectáculo de la detención del expresidente de la diputación de Valencia, y muchos de sus allegados, tanto en la diputación como en el ayuntamiento. El teatro tragicómico valenciano asociado al PP  sigue su marcha imparable. Punto.

Hoy nos gustaría que vierais este vídeo del gran Wyoming en el Intermedio. Sin comentario. Y lo peor de todo es que la gente los siga votando. No me avergüenzan Rus, ni Camps, ni Rita, ni don Mariano. Sino esos que, así y todo, los siguen votando. Lamentable.

El PP chapotea en un fango de corrupción que hace imposible e inverosímil que sus actuales dirigentes puedan abordar las tareas de regeneración que todos -¡incluso ellos!- pregonan. Que siete millones y pico de españoles otorgaran su confianza al PP en las elecciones es escalofriante. Indica que una oxidante enfermedad moral está instalada en el organismo del electorado. O es ceguera. No estamos hablando de que el PP debería haber sido más duramente castigado por su política de recortes y austeridad. Dejemos eso al criterio de cada cual. Estamos hablando de que una organización que presenta en su seno manifiestas redes de corrupción sincronizada debe ser invitada a apartarse por un tiempo del poder con el fin de que limpie y ventile sus estructuras y a sus dirigentes para volver al escenario de la representación y del gobierno.

Es ya de todo punto imposible sostener que la corrupción del PP sea una suma de las actitudes reprobables de algunas manzanas podridas. Sostener esto es una broma, un descaro, un escarnio. Tampoco es justo decir que toda la organización es una cueva de ladrones, porque no lo es. Pero es plenamente posible afirmar que el cuerpo del PP tiene suficientes órganos vitales tumorosos -con sus metástasis- como para que no quede otra que abordar drásticas cirugías y terapias con el fin de que pueda regresar con brío y salud a su tarea.

El PP está abocado a una radical crisis interna, a renovar a sus equipos dirigentes y, con seguridad, a presentar un candidato que no sea Mariano Rajoy, quien, por otro lado, tiene la obligación de quitarse de en medio por voluntad propia para no ser la cabeza del reparto de una tragicomedia de pícaros y malandrines. Allá él, si no lo hace. Pero allá también su partido, si no lo empuja, y allá también sus electores, si no se lo indican.

Está claro: ¡Márchese, señor Rajoy!, la misma consigna de aquel grito de Aznar en el Parlamento pidiendo que se fuera González del Gobierno. Ahora tenemos un bloqueo parlamentario que depende de lo que haga el PP. Perdón: depende de lo que haga Mariano Rajoy. En quitando a don Mariano del escenario político surgido de las elecciones al día siguiente tenemos soluciones para un Gobierno estable. El tapón democrático en España se llama Mariano Rajoy.

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En la gacetilla de mañana hablaremos de ¡QUÉ PENA, FELIPE!

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