@ellibelaresc

Esperaba como la flor de mayo que llegara el Sábado Santo. Me hice cientos de elucubraciones, de propuestas, de raciocinios, de ilusiones. Consulté tablas de predicciones meteorológicas, cósmicas, supranaturales. Quise saber qué iba a ocurrir por primera vez en España que en un solo día, en milenios, iba a ocurrir lo nunca visto, ni sentido, ni vivido, ni trufado por los curas. En el pasado Sábado Santo por primera vez en el mundo occidental (y no me atrevo a hablar de los otros mundos porque los desconozco) iba a producirse un fenómeno cósmico y  ´supraespiritual´ de primera magnitud: España amanecía sin Gobierno y sin Dios. El fenómeno, la realidad, me inspiraba no miedo, pero sí inseguridad, incerteza ante lo impropio de la situación. El hombre dios había sido ejecutado el viernes, y el gobierno en funciones de Rajoy se me antojaba igual de muerto. Un desastre, un sin vivir. Llegué a pensar que sin Dios y sin gobierno, a lo mejor se democratizaban los milagros, la Moncloa recibía una orden de desahucio, el Consejo de Ministros promulgaba buenas noticias, el ministro del Interior y Fátima Báñez se apartaban del Opus, don Mariano tomaba la plaza de santa Pola,  Bárcenas se presentaba ante el juez con una réplica de los ordenadores que le habían destrozado, Rato pisaba la prisión, Santamaría ingresaba en un convento, Cospedal leía su doctorado en diferido, Rita Barberá fundaba su propio partido de rock ´el caloret´ y que, para abreviar, ningún cura decía en misa de doce el célebre versículo de ´dejad que los niños se acerquen a mi´.

Y llegó el domingo y mi gozo en un pozo.  Unos dicen que su dios ha resucitado y lo celebran con vítores y campanas, y otros que hay gobierno, aunque oficialmente no lo haya. Y lo más duro del caso es que, a menudo, coinciden los dos y seguimos con la misma rutina. Gobierno y Dios van de la mano en la casilla del IRPF en la que sigue prevaleciendo la Iglesia Católica respecto a todas las religiones restantes y respecto a aquellos que no profesamos religión alguna. O en los hisopos que siguen bendiciendo inauguraciones públicas. Visto lo visto, aquí seguimos siendo agnósticos, católicos, apostólicos, romanos y populares. La evidencia es que, aunque no nos guste a muchos, desde la restauración democrática de 1978 han fracasado sistemáticamente todos los intentos para diluir no sólo el peso residual del llamado nacional-catolicismo sino para reafirmar el estado confesional hasta el punto que la actual Constitución sostiene que ´los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones´. ¿Cuáles son esas relaciones de cooperación? Básicamente, las que fija el Concordato: la exención de impuestos sobre inmuebles, el de la renta y el de patrimonio; la exención en impuestos de donaciones y sucesiones, o del pago del IVA para objetos de culto; el adoctrinamiento religioso en la enseñanza que equipara la religión católica  a las demás disciplinas fundamentales. A todo ello se suma una manga ancha extrema para las inmatriculaciones. Cualquier paso que se ha dado hasta la fecha en la profundización de la laicidad en nuestro país se ha visto condenado a un ´via crucis´ burocrático que ha impedido la ejecución de los compromisos políticos que apostaban por una secularización de la vida pública española. Y todo por culpa de los políticos.

En su programa electoral Pedro Sánchez se ufanaba y se comprometía a denunciar de forma unilateral el Concordato, así como eliminar los símbolos y la presencia de lo religioso en actos del Estado. Poco ha durado la alegría en la casa del pobre. En su acuerdo de investidura con Ciudadanos, el PSOE ha dado marcha atrás, rechazando esta ruptura de relaciones.  Le auguro lo peor a este socialista. Debería saber que por esto y por muchas incongruencias más están fuera del poder, y mucho me temo que van a tardar en recuperarlo.

Dios ya está activo, lo dicen los fucsia, y el gobierno, aunque en funciones, también. Un vez más veremos cómo nos lo imponen todo y nos prohíben casi todo. Una vez más asistiremos, incrédulos, a ese festín de dinero con que el Estado premia a la iglesia católica, y que nosotros, la mayoría de los ciudadanos, somos incapaces de protestar. Ahora hay un impedimento, la ley mordaza, pero antes no, y no lo hicimos. No hemos sido capaces de luchar por algo tan simple como que nuestras creencias se queden en casa cuando bajemos al ágora. Eso sí que sería un auténtico milagro.

En la gacetilla de mañana hablaremos de LA SUCESIÓN DE RAJOY.

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