@ellibelaresc

En la gacetilla de ayer nos hacíamos eco de unos resultados electorales que el CIS le da al PP y nos preguntábamos cómo era posible que con la corrupción que arrastran la gente todavía les pueda votar. Objetábamos que, en la actualidad, la sensibilidad ciudadana hacia el político corrupto depende muchas veces de sus filias o fobias políticas, sin que, lamentablemente, tenga la corrupción un reflejo adecuado en los procesos electorales. Cosa que sí ocurrió  en 1935, cuando una trama de corrupción y sobornos acabó con la vida política de Alejandro Lerroux, el viejo dirigente republicano del Partido Radical que presidía entonces el Gobierno.

La corrupción debe sernos impensable en política, por eso se debe castigar sin ningún tipo de paliativo al corrupto y al corruptor, y tener el suficiente coraje para condenar contundentemente esta lacra, venga de donde venga. No hacerlo, decíamos, es una prueba incuestionable de que esta sociedad nuestra carece de unos referentes éticos claros.

No obstante, puede que haya otra explicación para entender, no justificar, la fidelidad de los votantes del PP, y que está relacionada con la Neuropolítica, una nueva disciplina entre las neurociencias (neurobiología, neurología, neurofisiología, o psicología cognitiva… Ciencias experimentales que  intentan explicar cómo funciona el cerebro valiéndose del método de observación, experimentación e hipótesis, propio de las ciencias empíricas, y de las herramientas técnicas disponibles) que explican que tus habilidades sociales, tus hábitos físicos, tu empatía o tu respuesta ante lo desagradable tienen que ver con el partido al que apoyas.

No votamos, dirá la Neuropolítica, teniendo en cuenta los hechos, como cabría pensar de seres presuntamente racionales, sino que en realidad votamos desde nuestros valores, estrechamente ligados a las emociones. A lo largo de nuestra historia personal nos creamos un marco de valores y, una vez configurado el esquema, nos resistimos como gato panza arriba a renunciar a él. Esos marcos están presentes en las sinapsis del cerebro, e influyen en nuestras decisiones de forma inconsciente. Con lo cual, nos importan poco las informaciones sobre la conducta de los políticos o sobre la situación del país: cuando los hechos no encajan en nuestros marcos, mantenemos los marcos e ignoramos los hechos, y seguimos aferrados a nuestros esquemas. Así se explica que las informaciones de que los políticos del propio partido mienten, que no saben resolver los problemas, o que son corruptos, no cambien la intención de nuestro voto. Los dirigentes del PP saben perfectamente que, hagan lo hagan, digan lo que digan, tanto en la oposición como en el gobierno, van a tener un mínimo de 7 u 8 millones de votantes. En todo caso, cuando los hechos contradicen fuertemente los marcos de los votantes acérrimos del PP, podrían dejar de votar a su propio partido, pero nunca lo harían al partido contrario. Muchos votantes del PP nunca votarán al PSOE, como tampoco a la inversa. In extremis votarían al ideológicamente más próximo o lo harían en blanco o a la abstención.

Si están contrastadas estas deducciones con la Neuropolítica se abre un campo inmenso y de gran utilidad para la política y los políticos. Si sabemos que se vota con las emociones, el mensaje debe trabajar sobre ellas para propiciar el voto de los ciudadanos y así ganar las elecciones. Esto lo saben muy bien los populares. Sus asesores son extraordinariamente hábiles. Trabajan sobre las emociones. Pocos mensajes, cortos y repetidos constantemente, para que vayan calando y que nadie los pueda cuestionar: ´Somos el partido que creó más puestos de trabajo en toda la historia de la democracia en España´. ´Dejamos a ZP la mejor herencia que ha recibido nunca un presidente´. ´ZP ha creado 5 millones de parados´. ´Nuestro compromiso con España: es el crecimiento y el empleo´. No necesitan más. ¿Para qué?

En la gacetilla de mañana hablaremos de EL PRINCIPIO DEL FIN.

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