@ellibelaresc

Está dentro de las posibilidades que Mariano Rajoy, en principio y en tiempos bastante cortos, vuelva a vivir en La Moncloa lo cual, mírese como se mire, es una auténtica barbaridad, si se quiere legal. No deja de ser una anomalía democrática el que un presidente en funciones que produce tal rechazo -es el líder peor valorado desde 1996 según el CIS- vaya a gobernar otra vez. La legalidad confronta con la moralidad de millones de  ciudadanos que sienten sonrojo, vergüenza propia y ajena ante un político que ha desnudado las estructuras del PP hasta mostrarlas corrompidas hasta la médula.

Lo duro y grave de soportar es que volverá a ser presidente del Gobierno un hombre cuyas políticas económicas y sociales han causado enorme dolor entre la ciudadanía. Deja más de cuatro millones de parados; desde la posguerra no se recuerda un empobrecimiento tan grande y a tal velocidad de la clase media y las clases más desfavorecidas. Uno de cada tres niños vive en el umbral de la pobreza; el aumento de las desigualdades dejarán en la cuneta a un tercio de la población; se ha instaurado la precariedad como forma de recuperación de un puesto de trabajo que retira a jóvenes y a algunos parados de larga duración de las listas del desempleo para convertirles en trabajadores pobres. Una clase nueva, el precariado, a la que el equipo de Rajoy exige agradecimiento por los empleos basura. La protección social ha caído hasta cotas insospechadas en lo que un día se llamó estado del bienestar y ahora se sostiene en gran parte, gracias a los profesionales, que llevan años resistiendo las políticas de desmantelamiento del PP, allá donde ha gobernado. ¿Cómo es posible, me pregunto, que nuestra calidad democrática sea tan baja que permitamos que un hombre así pueda gobernar? ¿Hasta cuándo abusaréis de nuestra paciencia, partidos de izquierda?

Soberbia, prepotencia y cobardía no le faltan a este político de la corrupción que a fecha de hoy no ha tenido el sentido común ni síntoma alguno  de arrepentimiento por sus cuatro años largos de Gobierno. Todo lo contrario. Dice estar sumamente orgulloso de unas políticas que, a la postre, solo han servido para recortar las libertades, aumentar la desigualdad y empujar a millones de españoles más allá del umbral de la pobreza.

Un político decente (¿lo son todos?), aunque fuera con la boca pequeña, y teniendo como tiene necesidad de pactos para poder ser investido, debería mostrar, lo volvemos a repetir, síntomas de arrepentimiento por la manera tan absolutista con que ha gobernado en la última legislatura y porque pese  a la clara oposición de la inmensa mayoría de los diputados, sacó  adelante leyes tan retrógradas como la de seguridad ciudadana, la de educación o la reforma laboral. Rajoy no lo ha hecho ni se ha arrepentido. Ni lo hará, sobre todo después de los resultados del 26J que han envalentonado a nuestro protagonista hasta el punto de sentirse en condiciones de intentar pactos para logra la investidura, que no conseguirá si no logra echarse en el bolsillo al PSOE de Felipe González, sí, del profeta Felipe.

A Pedro Sánchez le están dando por todas partes: su propio partido, las fuerzas del IBEX 35, los medios de comunicación afines al PP y el mismo PP con la cantinela de que lo que ocurra es culpa del PSOE. Y no es así. El PP reclama el respaldo del PSOE, al menos su abstención, porque sabe que es el único partido en condiciones de evitarle el viacrucis de gobernar en minoría.  No, el PSOE no debe contribuir a que repita Rajoy, y lo sabe. Sabe que apoyar a Rajoy sería su tumba. Y otra cosa: ¿qué cara se le habrá quedado  al Comité Federal socialista que prohibió a Pedro Sánchez negociar siquiera la abstención con los independentistas?

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En  la gacetilla de mañana hablaremos de CIUDADANOS EJEMPLARES.

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