@ellibelaresc

Nunca llueve a gusto de todos. A mí esta vez, y sin que sirva de precedente, lo que ha sucedido en una clase de Religión me ha parecido francamente bien. No así, como suele ocurrir, a otros. Y es que opiniones hay para todos los gustos. La uniformidad es imposible, por muy racional y evidente que sea la cuestión. Siempre hay, en este caso padres, que disienten de algo tan evidente como incuestionable, al menos para quien este blog escribe. No disienten cuando a sus hijos les enseñan lo de la paloma, lo de un hombre- dios que camina sobre las aguas, un embarazo sin varón, el creacionismo o cientos de mitos inconstatables.

En la gacetilla de hoy glosamos lo que ha ocurrido en una clase de Religión del Instituto público de Educación Secundaria Honori Garcia de la Vall d’Uixó (Castellón). La profesora de Religión pasaba a sus alumnos de 2.º de ESO (13 años) una encuesta sobre la siniestralidad de los festejos taurinos, el maltrato a los animales y la responsabilidad política en estos festejos. Se les pedía a los alumnos su opinión sobre la tradición valenciana de ‘bous al carrer’ (toros de calle), y su opinión sobre la fiesta de los toros y su prohibición, si disfrutaban, rechazaban o eran indiferentes ante situaciones como: ‘ver el toro, su figura y movimientos’, ‘estar con los amigos y pasear por el recinto’, ‘no poder salir o acceder a una casa por estar en el recinto’, ‘tener que escuchar los ruidos y la música durante tanto tiempo’, ‘ver una cogida’, ‘ver el sufrimiento del herido’, ‘ver cómo el animal está agotado y sufre’. También se les pregunta ‘¿a cuántos festejos acudes normalmente en un año?’ y ‘di las seis fiestas que consideras más importantes’. Finalmente, el test pide al estudiante que se ponga en la piel del concejal de  festejos del  Ayuntamiento que tiene que tomar la decisión de prohibir o no los festejos taurinos y que elija una o dos de las siguientes opciones: ‘no hacer nada y dejar las cosas como están’, ‘prohibir totalmente estos festejos’, ‘regular mejor la fiesta y reducir el número de festejos permitidos’, ‘construir una plaza para celebrar todos los festejos’ y ‘no dar ninguna subvención a las fiestas taurinas por ser peligrosas’.

La dirección del centro asegura que ningún padre ha presentado queja por este ejercicio ni al instituto ni al Ayuntamiento, mientras que algunos padres a título individual expresan que sí. Y nuestra pregunta es qué hay de perverso en este test. ¿Acaso no es conveniente educar a los niños y jóvenes en el respeto a los animales? ¿Acaso no es una perversidad la salvajada a la que se somete al toro? ¿No es mejor que en clase de Religión se enseñe respeto a los demás y a los animales y no mitos y adoctrinamiento? ¿No son acaso estas reflexiones adecuadas para promover la discusión activa y participativa y fomentar el espíritu crítico?

Si todos los profesores de Religión se dedicaran a promover actividades como esta y otras muchas que hay para corregir: comportamientos, actitudes, defensa de derechos, estímulo para las obligaciones, respeto a todo el mundo, tal vez tendrían sentido estos profesores para esta materia. Pero claro, para enseñar estos comportamientos no necesitamos personas dedicadas exclusivamente a la religión; el resto del claustro de profesores deberían estimular estos comportamientos con el aprendizaje de sus respectivas asignaturas, y así se podría prescindir de la asignatura Religión en la escuela.

Y mientras, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, provocando, desafiando a muchísimos españoles y saltándose ´a la torera´ todas las protestas de los grupos animalistas y de los que creemos que la llamada ´fiesta nacional´ es una ´tradición´ neolítica difícil de asimilar, concede al torero El Juli la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes 2016. Su mérito: destacar en la creación artística y cultural.

La fiesta nacional de los toros es arte. Pocas frases albergan en tan pocas palabras tantas mentiras. Ni es fiesta, ni es nacional y, sobre todo, no es arte. Otorgar esa medalla a El Juli es un error. Que esta derecha rancia que nos gobierna haya dado un balón de oxígeno a una práctica que se moría por sí sola, con plazas cada vez más vacías, es una metedura de pata colosal. El mundo de la tauromaquia ha intentado justificar esta atrocidad de las maneras más disparatadas, recurriendo incluso a veterinarios que parecían sacados de un tebeo de Ibáñez y aseguraban que el toro no sufría. Y como siempre una y solo una justificación: Es tradición. No hay tradición alguna que justifique jamás el maltrato animal. Ninguna. Le pese a quien le pese, tenga los intereses que tenga, encumbrar a la tauromaquía al lugar al que la derecha la ha llevado en pleno siglo XXI es un síntoma más de la enfermedad que corroe a esta sociedad, de ese conservadurismo que, como tal, está anclado a valores del pasado y, lo que es peor, los trata de imponer.

En la gacetilla de mañana hablaremos de EL CARDENAL LA LÍA OTRA VEZ.

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