@ellibelaresc
A mí que Felipe Juan Pablo Alfonso de la Trinidad y de Todos los Santos de Borbón y de Grecia se declare católico, musulmán, budista, ateo o lo que le venga en gana me da lo mismo. Lo respeto, y punto. Pero verlo hincando la rodilla ante jefes de Estado extranjeros (de la Santa Sede en concreto) y a cardenales besándoles el anillo, es todo un signo de sumisión y humillación. No una humillación personal (que allá él), sino del símbolo vivo de la unidad de España: cuando actúa así, ¿no rebaja, degrada, deshonra, al Estado español? Esta degeneración de la principal tarea del monarca es de una gravedad extraordinaria: dada la naturaleza sustancialmente simbólica de su cargo (art. 56.1 de la Constitución), pocas acciones más indebidas podríamos imaginarle. ¿Es que no sabe Felipe que como rey está obligado a mantenerse al margen de las creencias particulares?

El servilismo de la sociedad política española a la iglesia católica es insoportable. Si ya es inaceptable que presidentes (del gobierno y autonómicos), ministros, diputados, alcaldes, concejales, policías, militares y otras autoridades y cargos públicos hagan profesión institucional de fe participando en misas, procesiones, y todo tipo de eventos religiosos, llegando al extremo grotesco de entregar bastones de mando municipales y fajines militares a entes ultramundanos o a figuras minerales, que esto (incluido lo del fajín) lo haga el rey tiene el agravante de provenir de la máxima autoridad del Estado, de la que se espera máxima ejemplaridad. ¿Cabe mayor burla a la Constitución y, sobre todo, a la ciudadanía? ¿De esta falta de respeto no se puede denunciar una indignidad en el cargo? Yo entiendo que una indignidad es tanto mayor cuanto más reprobable es el comportamiento y más alto el cargo. Y no cabe la atenuante de ignorancia, pues las denuncias desde las asociaciones laicistas, y desde voces defensoras, sencillamente, de la democracia, son continuas desde hace muchos años.

Que no me vengan los monárquicos de toda la vida y los compatibles con la monarquía (mejor no citarlos porque ahora arrastran y sufren sus propias incongruencias) con que de acuerdo con el art. 56.3 de la Constitución la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. De ser así, de considerar que es un memo que no es responsable de sus actos me tendré que remitir a los verdaderamente culpables, a los que han permitido tamaña barbaridad: a Suárez, Calvo, González, Aznar, Rodríguez y Rajoy. ¿Cómo es posible semejante barbaridad en una Constitución, que el Jefe del Estado no sea responsable de sus actos? ¿Y si nos mete en una guerra? ¿Tampoco? Esta paradoja evidencia el carácter radicalmente antidemocrático de la monarquía.
Esos presidentes de la Transición y de la Consolidación (¿?), todos, con su dejar hacer convencido o interesado no han hecho más que consolidar y maquillar, e incluso acrecentar en algunos aspectos, las principales prerrogativas que la Iglesia tenía con el dictador Franco en aquel nacionalcatolicismo de marcado carácter criminal. El confesionalismo desapareció sobre el papel, y en algunas esferas, pero en otras sigue. El Concordato, para vergüenza nacional, está ahí, muy vivo, y presente en todos los ámbitos económicos, institucionales y educativos del Estado.

Las lamentables actuaciones confesionales del rey son un simbólico exponente de ese nacionalcatolicismo malamente enmascarado. Un deplorable comportamiento entre la monarquía y la herencia franquista, una turbia alianza entre el trono y el altar comprensible por las egoístas apetencias de ambas instancias, que siempre invocan un ´bien común´ que es sólo común a ambas. Por eso es una alianza que repugna en una democracia.
En la gacetilla de mañana hablaremos de UNA DE MONJAS.

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