@ellibelaresc

El teatro callejero sacramental llamado de Semana Santa ha terminado. Como hemos hecho en años anteriores queremos dar nuestra opinión, que no es en absoluto folclórica. Que a lo que procesionan en Sevilla o en Málaga, por poner dos ejemplos, le llamen expresión viva del sentimiento y de la fe católica deja mucho que desear. El caso es que, un año más, recién estrenada la maravillosa primavera, las calles españolas se han llenado, oponiéndose al curso natural de la explosión de vida de la naturaleza, de manifestaciones de penas, culpas, martirios, dolores, quebrantos, saetas, penitencias, espantos y muerte.

Con el corazón en la mano: ¿Es religiosidad lo que vemos por cada uno de los rincones de España en la llamada Semana Santa? Hemos tenido que aguantar en cualquiera de las televisiones la celebración increíble de una barbarie sin precedentes: la abominable creencia de que un pobre hombre fue torturado y sacrificado como un cordero pascual solo por nuestra culpa y para salvarnos de nuestros pecados. Y para celebrar tal injusticia llenamos nuestras calles de caperuzas tipo Ku Klux Klan, cánticos teatreros desgarrados y asaetados desde los balcones, hipocresía, legionarios transmutados y, como siempre, de penitentes convencidos o no que, sin pretenderlo, les hacen el culo grande a los poderes religiosos que siguen sirviendo a los ricos y desollando a los pobres en una formidable exaltación de farsa e hipocresía.

Tal montaje sacramental solo se puede entender, creo yo, si lo consideras desde una perspectiva literaria, al estilo de los objetivos que los griegos querían conseguir con sus tragedias: redimir las cargas afectivas y emocionales del espectador en un proceso catártico. Los griegos asistían a la representación de las tragedias con una finalidad purificadora. Las penas y tristezas que se vivían en esas actuaciones teatrales y sus soluciones se vivían como un calco de las propias penas y tristezas, y esta vivencia se convertía en un acto emocionalmente liberador. ¿Serán estas manifestaciones de dolor semanasantero la catarsis que buscan sus oficiantes y espectadores? Puede ser, porque la vida que nos ha tocado vivir necesita de catarsis y de mucho más.

¿Qué religión es esta que basa el eje de su fundamentalismo en una apología del dolor, del sometimiento, de la irracionalidad, de la negación de la alegría, de la razón y de la libertad? ¿Qué religión es esta, la católica, que adoctrina a sus seguidores, y especialmente a los niños, en estos rituales de desgarros, penas, dolor y muerte cruenta?

Y luego nos cuentan que España es un país laico. ¿Quién se lo cree?  Año tras año, lejos de atenuarse el fervor por la semana santa (en consonancia con el creciente desapego de nuestra sociedad hacia los asuntos religiosos), da la impresión de que cada vez son más los ayuntamientos, políticos y artistas o personajes famosos en general empeñados en fomentar las procesiones como un fenómeno cultural muy español y pintoresco. ¿Tan mal estamos que nos empecinamos en creer que es cultura este culto católico  a la muerte? Por qué no celebrar  esta  vida en la que estamos inmersos, estos días luminosos de primavera que nos empujan a la calle ávidos de terrazas y de amigos con los que compartir unas cervezas, esa agitación sexual que se respira en el aire cálido y fragante, con toda su diversidad. Celebrar la risa y la música y los libros, la vida sin constricciones, sin perseguidores de chistes en tuiter, sin asociaciones vigilantes de la moral pública, sin sermones oscuros y fatalistas. Celebrar el laico milagro de la vida, este sueño de tiempo que se nos escapa de las manos a cada segundo mientras nos empeñamos en complicarlo todo con miedos y prejuicios absurdos. Celebremos con urgencia que nada es eterno y que precisamente eso le da a cada instante un valor extraordinario.

​Debo decir para terminar que respeto a los creyentes: a todos los creyentes, a los del dios cristiano y a los adoradores del GADU o a los del Monstruo del Espagueti Volador (que, fiestas aparte, también los hay). A estas alturas de la vida no me considero quién para juzgar a nadie, pero no puedo evitar que me resulten cómicas ciertas actitudes. Si uno quiere ponerse a llorar delante de un monigote, allá él o ella. Otros juegan a otras cosas, por ejemplo, a la política o los negocios. Pero un anticlerical como yo siente un profundo malestar al contemplar cómo durante la llamada semana santa todas las instituciones públicas se ponen al servicio de una confesión religiosa, aportando policías, cortando calles, escoltando santos o cediendo plazas y balcones públicos para homilías y salmodias. Incomprensible.

En la gacetilla de mañana hablaremos de DE LA NECESIDAD DEL HUMOR.

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