@ellibelaresc

Solo una mirada a la socialdemocracia europea nos pone sobre el tapete la fuerza que el socialismo tiene en estos momentos. Casi cero, insignificante. Los datos nos confirman la crisis de la socialdemocracia europea, que la línea ideológica que mantuvo el Estado del Bienestar en el siglo XX está en cuidados paliativos.

El último en caer ha sido el PSF, con un 6,4% de los votos en las pasadas elecciones, más de 16 puntos de diferencia respecto a Emmanuel Macron. Es ya un dato más que evidente que la socialdemocracia  ha demostrado que el planteamiento de buscar un espacio más cercano al centro que a la izquierda ha sido un grave error. Ahí está Francia para comprender el derrumbamiento, que durante toda la etapa de François Hollande no ha gobernado de acuerdo con sus postulados ideológicos. Prometió unas políticas de corte progresista que finalizaron en medidas de un claro perfil liberal o ultraliberal. Valls, como primer ministro, fue el clavo que fijó la tapa del ataúd para el Partido Socialista de Francia. Sostuvo que su misión era terminar con el ´socialismo nostálgico para ir hacia un socialismo pragmático´, y que no valía la pena encerrarse en los tótems de la izquierda tradicional y había que aplicar medidas efectivas más allá del ideario progresista y más propio de gobiernos de derechas. Grave error.

La socialdemocracia se ha quedado sin herramientas para continuar con el reparto justo y global de la riqueza y, sobre todo, no ha aportado ninguna solución que satisfaga las necesidades de la ciudadanía. Ha sido incapaz de adoptar medidas adecuadas que protegieran a las clases trabajadoras de rentas bajas y medias que han sido las más perjudicadas mientras que las élites que causaron la gran recesión han sido las más beneficiadas. Por eso los trabajadores se han sentido traicionados por la falta de soluciones aportadas por los partidos que antes eran sus más importantes defensores.

Pero hay más. Muchísimos votantes socialistas (y ahora hablo en concreto del PSOE) se han sentido traicionados por la indefinición ideológica de sus dirigentes que se han apartado de unos ideales que deberían ser innegociables y su peligroso acercamiento a los postulados liberales o conservadores. Los años en el poder los han ido separando de la ciudadanía, en algunos casos con barreras infranqueables (piénsese en los gobiernos de Hollande y González-Zapatero) con el invento del ´socialismo pragmático´ que ha resultado ser un fracaso porque las medidas adoptadas favorecen más a las élites, a las que deberían haber controlado para cubrir las necesidades reales de los ciudadanos de a pie.

El PSOE, pues, está inmerso en este proceso de autodestrucción. Primero por las divisiones internas, sus políticas contradictorias y el cambio de cromo. Y fundamentalmente porque día a día se puede ir viendo que no ha entendido nada o muy poco de lo que está ocurriendo en este país. Ni Pedro Sánchez(los golpistas le llaman populista), ni Susana Díaz (que se presenta como el estandarte de los logros pasados del PSOE, como el modelo de política que hay que seguir. Van listos los que la voten), ni Patxi López (que se presenta como alternativa y candidato de consenso) han comprendido lo que los españoles esperan del PSOE. Sus propuestas están más orientadas hacia una visión ´ombliguista´ del partido que a buscar soluciones reales para los ciudadanos.

El mayor problema del PSOE está, precisamente, en la nula capacidad de análisis y de reacción que se ha practicado desde la defenestración y posterior dimisión de Pedro Sánchez, la conformación de la Comisión Gestora y la abstención en la investidura de Mariano Rajoy. Desde que defenestraron a Pedro los responsables de la Gestora no se han movido ni un centímetro de sus posiciones inmovilistas. Han sido incapaces de darle una vuelta al partido, realizar un estudio en profundidad de la situación actual del partido frente a la sociedad, revisar los modelos ideológicos y llegar a un Congreso Ordinario de refundación del que el PSOE saliera reforzado de cara a la ciudadanía. Todo eso no ha ocurrido. Ante esta situación, queda claro que el próximo partido socialdemócrata que va a caer va a ser el PSOE, salvo que alguien haga lo que tiene que hacer: trabajar por y para los ciudadanos dejando de lado las ambiciones personales o de partido.

En la gacetilla de mañana hablaremos de Y SEGUIREMOS HABLANDO DE CORRUPCIÓN.

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