@ellibelaresc
Hay hechos históricos que nunca se deben olvidar, incluso los negativos. Siempre se puede aprender de ellos. Hoy quiero hacer un breve apunte de lo que fue y supuso la Inquisición para la iglesia católica española.

La Inquisición se fundó en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia católica en sus reinos y no se abolió hasta 1834. Estuvo bajo el control directo de la monarquía —entre otros por Fernando VII, tatarabuelo del actual rey de España—. Actuaba, ´no tanto por celo de la fe y salvación de las almas, sino por la codicia de la riqueza´, decía el papa Sixto IV. Lo cierto es que las razones de su creación fueron: establecer la unidad religiosa, debilitar la oposición política, acabar con la poderosa minoría judeoconversa y conseguir financiación para sus proyectos. Se estableció una férrea organización para la persecución y expulsión de los judíos, represión del protestantismo, la censura, luchar contra los moriscos, la superstición y la brujería. También se persiguió la homosexualidad, considerada por el derecho canónico contra natura. Poco han cambiado los objetivos, pese al tiempo transcurrido.

Muchos verdaderos fieles cristianos fueron encerrados, torturados y condenados como herejes, para ser privados de sus bienes y propiedades por la Inquisición. Su método represor se basaba en el principio de presunción de culpabilidad, no de inocencia. La detención implicaba la confiscación de sus bienes, llevándose la instrucción en el máximo secreto. El tormento se aplicaba no como medio de conocer la verdad, sino para reconfortar al preso en su fe.

De aquellos polvos, estos lodos. Hoy sigue existiendo la Inquisición con el sobrenombre de Congregación para la Doctrina de la Fe, desde donde saltó al papado su prefecto, Joseph Ratzinger (´Benedicta´), como prueba de la existencia de dios, cuyos designios son turbios como falsa su propia esencia.

La lección que queremos aprender hoy tiene que ver con el mecanismo finísimamente orquestado que la iglesia católica ha practicado para salirse con la suya y aprovecharse del poder civil. Ya hemos visto en párrafos anteriores cómo su codicia le llevaba a la acusación herética para confiscar los bienes de los herejes y también, claro, de sus almas. La herejía era equiparada al crimen de lesa majestad, en este caso cometido contra Dios, por lo que, como el crimen de lesa majestad contra el rey, estaba penado con la muerte. Pero lo que llama la atención es cómo cuando decidían que un hereje tenía que morir se lavaban las manos y acudían a la justicia ordinaria. A este acto se le conocía como relajación, que era la entrega a los tribunales reales de los condenados a muerte por la Inquisición. La Inquisición era un tribunal eclesiástico por lo que no podía condenar a la pena capital de ahí que ´relajara´ a los reos al brazo secular que era el encargado de pronunciar la sentencia de muerte y de conducirlos al lugar donde iban a ser quemados —estrangulados previamente mediante garrote vil si eran penitentes, y quemados vivos si eran impenitentes, es decir, si no habían reconocido su herejía o no se habían arrepentido—. La relajación se producía durante el auto de fe, en el que en contra de lo que suele creerse, no se ejecutaba a nadie, sino inmediatamente después y en otro lugar.

Quemados en la hoguera, y ahora nos vienen con el cuento de que eso de la incineración de los difuntos no está muy de acuerdo con la normativa eclesiástica. Son más falsos que Judas. Lo que quieren con esta nueva normativa es que sus más de 7 000 cementerios parroquiales que controlan sigan vendiendo sepulturas y seguir haciendo negocio de almas.
En la gacetilla de mañana hablaremos de ESPAÑA TIENE QUE SER LAICA.

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