@ellibelaresc

En cuatro breves líneas me felicité el pasado domingo por la victoria de Pedro Sánchez (¡Ojo!, hace muchos años que no voto a los socialistas). En la gacetilla de hoy quiero reflexionar un poco sobre, a nuestro modo de ver, la importancia de este triunfo y de la debacle de la andaluza que justifica la derrota, creo yo, declarando que la existencia de un importante número de militantes socialistas, e incluso de obreros y de descamisados, infiltrados en las bases del Partido Socialista Obrero Español, podría haber sido la causa de su descalabro en las recientes primarias del PSOE.

La victoria de Pedro en estas primarias ha sido una feroz crítica a las élites del partido socialista, contra casi todo el aparato, contra Suresnes, contra los barones, contra la gestora, contra la mayoría de los medios de comunicación, contra el poder económico, contra Cebrián y El País (que califica la victoria de Pedro Sánchez como la rendición al populismo de los más de 70.000 militantes que han optado por su opción frente a la racional, moderada y constructiva candidatura de Susana Díaz), contra Felipe, Zapatero, Alfonso Guerra, Cebrián, Rubalcaba, Page, Madina, Bono, Puig, Vara, Lambán (´Susana es una trianera tocada por los dioses del socialismo´), Rodríguez Ibarra, un Antonio Hernando con el rabo entre las piernas… y contra unas élites tan alejadas siempre de los ciudadanos, sus preocupaciones y sus intereses. El mito del PSOE de 1982 se ha esfumado, Felipe González ha dejado de ser el obrerista de chaqueta de pana para convertirse en el lobista de las eléctricas y defensor de las oligarquías latinoamericanas. Y frente a ellos Pedro Sánchez renace de sus cenizas y ha recuperado Ferraz a lomos de la indignación de tantos socialistas por la abstención ante el PP y el golpe palaciego con el que se tumbó al primer secretario general elegido directamente por los militantes. Sánchez tiene una nueva oportunidad, aunque las élites que han perdido esta batalla volverán otra vez en su contra, que no le quepa ninguna duda.

Había que leerle la carta a la fontanera, esa que presume de ser una ganadora nata. Grave error. Con todo a su favor pretendía ganar estas primarias sin despeinarse, sin competencia, sin molestarse siquiera en presentar un proyecto propio. No quiso enterarse de que su imagen, según todas las encuestas, es pésima entre los potenciales votantes del PSOE. No era así entre las élites socialistas, donde nunca antes un candidato ha tenido apoyos tan unánimes, a pesar de que muchos de ellos, en privado, admitían que la presidenta andaluza tenía los pies de barro. La imagen de Susana Díaz saliendo de incógnito de una sede ocupada y rodeada por militantes eufóricos resume la derrota de muchas cosas y el triunfo de alguna otra. En la cara de Susana, una mujer acostumbrada a ganar, estaba el rostro desencajado de la unidad socialista. La mirada despectiva de la soberbia humillada, los labios torcidos de la ambición chafada, el peinado de domingo que se vence en avalancha. Antes de escabullirse entre abucheos, Díaz demostró su falta de categoría en la comparecencia ante los medios. Nadie le puede pedir a un candidato que perdió una elección que sonría reconociendo la derrota, pero alguien que preside y aspiraba a dirigir un partido tiene la obligación, no solo la cortesía, de reconocer y felicitar al candidato ganador. Díaz no lo hizo.

Se veía venir la victoria del madrileño. A Pedro Sánchez le ofrecieron un relato, una historia, un argumento de movilización (´no es no´) y de unión efectiva, racional y emocional. Lo aprovechó y arrasó a quien solo tenía como herramienta discursiva la responsabilidad institucional de darle el gobierno a su enemigo histórico, a un partido imputado por una corrupción que alcanza hasta su médula, y a cambio de nada. ¿Qué podía salir mal?

¿Qué debe hacer Sánchez? Lo tiene complicado porque los derrotados son de temer y no se lo van a poner fácil en la formación de la nueva Ejecutiva y en las ponencias del Congreso que se le viene encima. ¿Le conviene ser generoso e integrar a los derrotados o ser valiente y proponerse una regeneración del partido? Yo haría lo segundo, él, tal vez, combine las dos posturas, de momento.

Los significativos enemigos políticos que tiene el nuevo secretario general de los socialistas pregonan que la victoria es pírrica. A estos energúmenos habrá que responderles que  evalúen los resultados de Susana Díaz que confirman una realidad: que su discurso vacío, su prepotencia, su estilo viejuno, pueden todavía convencer a los sectores más retardatarios del socialismo español, pero del Guadiana para arriba Susana ha cosechado un desastre sin paliativos, especialmente en Cataluña, País Valenciano, Asturias, Galicia, Navarra, País Vasco, Baleares, Madrid… anticipando lo que hubiera pasado de presentarse a las elecciones generales. Frente al infame editorial de El País, que decía que Susana era el futuro y Pedro Sánchez el pasado, hay que responder que si algo ha quedado claro es que Susana es el pasado rancio y clientelar.

En la gacetilla de mañana hablaremos de OTROS EFECTOS DE LA CORRUPCIÓN.

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